EL VIRUS DEL NIÑO BUENO

                                                       EL VIRUS DEL NIÑO BUENO


¿Será quizá posible un mundo ideal en el que solo se contagie felicidad? 

¿Acaso solo se puede soñar con un mundo mejor? 

¿Estamos locos si buscamos la felicidad sin dañar a nadie?

¿Será que hacer lo bueno es más difícil que hacer lo malo?


En una noche muy oscura y con  una gran tormenta, nació un niño al que sus padres llamaron José. 

Todos lo llamaban Pepito. Era un niño muy especial. Desde que nació sus padres tuvieron mejor suerte. Antes de su nacimiento todo era triste y pobre. Su madre que creía en cosas sobrenaturales decía que como cuando nació Pepito había rayos y truenos éstos lo habían hecho un niño especial. El niño aún bebé, lloraba de hambre y aunque el padre no tenía dinero de alguna manera y sin razón alguien siempre lo llamaba para hacer alguna reparación y le pagaban más de lo necesario, siempre le decían que era para el precioso bebé  que lo esperaba en casa. Nunca les faltó comida, ni abrigo.

Cuando tenía 2 años apenas, vio una pequeña ranita que había sido pisada por un niño malo y bastó con que la tocara con su dedo índice izquierdo para que la ranita volviera a la vida. Claro que nadie supo cómo había llegado esa ranita a su casa para ser su mascota más preciada.

Con el pasar del tiempo, se dio cuenta de que podía curar a los animalitos con solo tocarlos, pero nunca dejó que nadie se diera cuenta de ello.

También podía hacer muchas cosas buenas por las demás personas. 

En el pequeño pueblito donde vivía, constantemente faltaba agua. Pepito ponía su mano dentro del pozo en la noche cuando nadie lo veía y al día siguiente había suficiente agua para todos.

Él podía hacer que los vegetales que su mamá plantaba crecieran perfectos y deliciosos, y eso hacía que todos compraran lo que vendía en su pequeño puesto del mercado.

Su papá nunca estaba sin dinero para que comieran y pudieran pagar la renta por el pequeño cuarto que compartían. No era muy grande pero era suficiente para que estén frescos en verano y calientes en invierno.

Cuando Pepito, iba al colegio siempre llevaba dos sándwiches, uno para él y uno para un niño que casi nunca tenía nada que llevar para el refrigerio.  Pepito no usaba sus dones para cosas que no valieran la pena. Los usaba solamente cuando sentía que eran necesarios.

Invitar un sándwich a un amigo no requería ningún don, solo buen corazón.

Mientras pasaba el tiempo, se dio cuenta que podía elevarse un poco sobre el suelo. 

Pepito era un niño estudioso, bueno con los demás y amoroso con sus padres. Ni sus padres sabían  todo lo que Pepito podía hacer. Su mamá no tenía idea de los dones de Pepito, siempre decía que era cosa de los dioses, nunca imaginó que fuese Pepito el que hacía las cosas.

Un día, cuando Pepito iba al mercado con su mamá, se dio cuenta que había muchos niños en la calle pidiendo limosna y se le ocurrió algo. Llevaría uno por uno a su casa a comer de vez en cuando. Su mamá pensó que era una idea un poco loca pero aceptó. 

Así, pasaron unos meses  y logró que los pequeños del mercado se dieran cuenta que no todas las personas eran malas y que poco a poco se podía cambiar el mundo. Los niños comenzaron a pensar en formas de ayudar a sus padres, no pidiendo limosna sino enseñándoles cosas simples que ellos podían hacer para vender y con eso ganar dinero honestamente. Eso fue algo que Pepito les había enseñado con su ejemplo, ya que el ayudaba a sus papás con los vegetales que plantaban y vendían. 

Pepito siempre estaba listo para ayudar a los demás y sus papás que no eran tan solidarios aprendieron de él. Se dieron cuenta que si ayudaban sin esperar nada a cambio, recibían más y mejores vegetales y en su pequeño puesto del mercado siempre les iba bien. También regalaban un poco de sus vegetales cuando las personas no tenían suficiente dinero o simplemente les hacían una rebaja.

El pueblito siempre estaba contento. Nadie pensaba cosas tristes ni en hacer daño  a nadie. Era un pueblo feliz.

Cuando Pepito ya era adolescente y nadie lo veía sobrevolaba el pueblo y veía las lindas cosas que hacían los unos por los otros.

Un día,  alguien de un pueblo vecino comenzó a investigar el porqué de la felicidad y buena voluntad de todos los habitantes y solo escuchaba que la gente le decía.- ¿Por qué no deberíamos ser felices si todos hacemos cosas buenas por los demás y eso nos devuelve gran alegría? ¿No saben las personas de tu pueblo que solo hay que ser bueno y honesto para ser feliz? Nosotros sabemos que si esta actitud se esparciera por el resto de pueblos cercanos, habrían descubierto que lo material no es lo más importante y solo debemos dar amor y felicidad a los vecinos y ellos harán lo mismo por ti. 

El hombre no lograba entender. Pensaba que esta gente estaba loca. Se decía a sí mismo. Nadie quiere tener más que los demás, nadie miente ni estafa, nadie hace daño a nadie. ¿Cómo lo logran?

Regresó a su pueblo con un gran cesto de vegetales y todos le preguntaban de dónde los había sacado. - Eran  perfectos.

Le contó a algunos de los ancianos de su pueblo lo que había visto y escuchado. Ellos  solamente sonrieron y le dijeron que había sucedido lo que la antigua leyenda describía como el virus del niño bueno. 

Esa leyenda decía, que un niño con el don de hacer siempre el bien, nacería en una noche de gran tormenta y que con él llegaría el fin de las calamidades para todos aquellos que tuviesen buen corazón. Que todo lo que era malo desaparecería y que la gente sería la más feliz y que podría esparcirse solo si las personas querían que se esparciese y sin cuestionar nada.

El hombre entonces pensó, que debería encontrar a ese niño.

El hombre volvió al pueblo, pero no se imaginaba que nadie sabía quién era el niño. Él lo imaginaba como un pequeño al que todos acudían y veneraban, pero se equivocó. Tan simple era la vida de Pepito y de las demás personas, que nadie nunca se había preguntado si la leyenda era cierta y si el niño realmente existía. Ellos solamente pensaban cosas buenas y hacían cosas buenas, y para ellos, eso era suficiente.

Cuando el hombre volvió a su pueblo, pensó que podía infectar a sus habitantes con el virus que sentía había contraído en el pueblo vecino y empezó a hacer cosas buenas por los demás. Empezó por ser mejor esposo y padre. Luego logró contagiar a su familia y de a pocos fue esparciendo el virus. Los vecinos vieron cómo mejoraba toda la familia y también quisieron intentarlo. Así de a pocos, se contagió todo el pueblo. El virus fue contagiándose de a pocos a otros pueblos y luego llegó a  la ciudad.

Cuando llegó a la gran ciudad, los grandes empresarios y comerciantes fueron una gran barrera. Los habitantes de las afueras de la ciudad sentían una gran frustración por no poder contagiar a más personas.

Pepito debía ir a la universidad y sabía que debería salir de su pequeño pueblo e ir a la ciudad.

Pepito no tenía idea de lo difícil que sería vivir fuera de su pueblo, pero aun así no se asustaba.

Al llegar a la gran ciudad, empezó tratando de contagiar su virus a las personas que encontraba en la calle, pero se dio cuenta que cuanto más trataba de ayudar, más quería la gente. Eran ambiciosos y egoístas. Solo pensaban en sí mismos y en lo que podrían conseguir de los demás, pero Pepito sabía que en algún momento lograría lo que quería. 

Pasaban los meses y él seguía tratando de infectar a todos. Sin darse cuenta iba perdiendo algunos de sus dones. Ya no podía hacer que las cosas cambiaran solo con tocarlas. ¿Sería porque el virus del egoísmo y la maldad lo estaban infectando a él?

Decidió que al salir de vacaciones regresaría a su pueblo para recargarse.

Cuando llegó a su pueblo y todos le preguntaban cómo le había ido en la gran ciudad, él decía que no entendía cómo las personas podían negarse a ser buenos cuando era lo más fácil de lograr.

Pensó, pensó y pensó y se le ocurrió que cuando volviera a la gran ciudad intentaría algo nuevo y que estaba seguro que funcionaría.

Apenas regresó a la universidad, empezó a trabajar en lo que le permitiría infectar a las personas. 

Él había llevado agua de su pueblo en unas botellitas pequeñas y decía que el era feliz  porque bebía el agua de su pueblo. Sus compañeros pensaban que estaba alucinando, pero cuando él no los veía, tomaban algunos sorbos de sus botellitas de agua. Sin saberlo, pero con las ganas de ser felices y buenos o por pura curiosidad, ellos comenzaron a cambiar. Sin querer se estaban contagiando del virus.

Con el pasar de los meses ya se habían contagiado casi todos sus compañeros de la universidad y ellos a su vez estaban contagiando a sus familias. 

Lo difícil era contagiar a aquellos que por nada del mundo estaban dispuestos a ceder un poco y pensar en los demás antes de pensar solo en sus intereses.

La idea no era que las personas dejen de pensar en lo que quieren lograr para su futuro, sino que no olviden que hay otros que también necesitan un poco de aliento, para salir adelante. No es regalar y dar dinero lo importante. Lo importante es ayudar a los demás a que se ayuden a sí mismos. Con una palabra o gesto amable, con un plato de comida y algunas ideas para que luego consigan ellos solos su alimento. Cosas simples que habían olvidado. Lo dicen muchas religiones, lo prometen los políticos, pero nadie hace nada al respecto.

Pepito había nacido con el don de hacer cosas buenas, pero era su buen corazón el que inspiraba  a los demás. 

Con el pasar de los meses, eran cada vez más los contagiados y la gran ciudad comenzó a sentirse como el pueblo de Pepito. La gente por las calles ya no andaba malhumorada, ya no se veían mendigos en las calles, no había personas descorteses, ni envidiosas. Los grandes empresarios tomaban en cuenta la situación de los trabajadores más humildes y los ayudaban a superarse. Seguían existiendo las diferentes clases sociales, pero todos eran felices con lo que hacían. Se sentían comprendidos y apoyados. No se sentían humillados o discriminados.  Era un gran cambio en la gran ciudad, que se había logrado gracias al virus del niño bueno.

Pero las cosas no quedaban allí. El contagio que empezó con unos cuantos se convirtió en pandemia y se esparció por casi todo el país.

Pepito siempre regresaba a su pueblo para recargar energías. Visitaba a sus padres y se reunía con los vecinos, que lo querían mucho. Decían que gracias a él todos eran felices. Él les decía que no era así y que si eran felices era porque tenían buen corazón.

Un día, un amigo le dijo a Pepito que en una ciudad cercana, algunas personas se estaban reuniendo para pensar en cómo acabar con la felicidad de los demás y con esto recuperar el control que habían perdido sobre las emociones de las otras personas.

Ahora por desgracia había empezado una guerra. Un grupo de personas que se hacían llamar: Los No a la Felicidad (NALF), no querían cambiar y detestaban a los que vivían felices. Pensaban que la felicidad no existe. Que solo la riqueza te daba bienestar y que el poder te permitía lograr control. No soportaban la idea de que las personas fuesen felices aunque no tuvieran grandes riquezas. Ya no podían manipular a nadie con la promesa de más dinero o poder. Ellos querían ver caras de temor y desgracia, porque eso los hacía sentir bien. Pepito se puso a pensar en la forma de combatir a estas personas. Tenía que ser de manera que no se diesen cuenta.

De alguna manera, Pepito descubrió que uno de sus dones era de hacer que las personas vieran lo que él quería que vieran. Él nunca había hecho eso y se sorprendió a sí mismo al imaginar algo y lograr que las personas vieran ese paisaje o situación. Así que, empezó  a practicar para ver a cuántas personas podía influenciar. 

Practicaba y practicaba con las personas de su pueblo. Cada vez lograba influenciar a un grupo mayor. También notó que podía lograr que otros hicieran lo mismo. Entrenó a un grupo de personas a las que les llamaba guerreros por la felicidad (GPLF). Al regresar a la ciudad, Pepito ya sabía lo que debía hacer.

Llegó el día de su graduación, y le habían informado que llegaría el grupo de los NALF. Él había invitado a sus guerreros a su graduación y estaban listos para defender la felicidad.

Casi al final de la ceremonia, vieron al grupo de los NALF. Ellos estaban tratando de convencer a los asistentes que podían tener poder si los demás se sentían humillados y discriminados. Para ellos esto era lo que todos debían hacer para sentirse bien. Sin embargo, los asistentes no creían en  lo que ellos decían.

Era el momento de enfrentarlos. Los GPLF unieron fuerzas y proyectaron su pensamiento con imágenes positivas de personas buenas ayudando a personas a su alrededor. Mostraban todo tipo de situaciones en las que la bondad y la felicidad podían contra todo lo adverso y negativo que todos enfrentábamos en algún momento de nuestras vidas. Hacían que esas personas sientan que lo bueno es mejor que lo malo, que siendo y haciendo cosas buenas la salud es mejor, se vive más tiempo y no se tiene miedo a nada, porque hasta en la muerte se siente la felicidad de haber hecho cosas buenas a lo largo de la vida y que dejaron buenos recuerdos a la familia y amigos. Cuando una persona buena muere, nadie llora, todos ríen y saben que en algún momento se reunirán, siempre se recuerda todo lo bueno que hizo la persona y con eso no hay motivo de tristeza.

De igual manera, les mostraban todo lo negativo que sentirían y dejarían si no se atrevían a ser felices. Sus familias y amigos no estarían con ellos cuando estuviesen enfermos o en situaciones terribles, porque serían ellos los que habrían provocado eso. Estarían siempre solos, frustrados, molestos, enfermos de maldad y tristeza. 

El enfrentamiento duró varias horas y se llevó a cabo en el campo de futbol de la universidad.

Los GPLF ganaron y lograron que los NALF cedieran y pensaran en hacer cosas buenas.

Con el tiempo, las cosas iban bien. No aparecieron más grupos que estuvieran en contra de la bondad y la felicidad.

Todo era perfecto, hasta que una noche, Pepito sintió algo muy extraño. No podía moverse, no podía hablar, solo escuchaba un ruido muy fuerte y de pronto una luz muy intensa lo hizo abrir los ojos.

Pepito había despertado luego de dos días. Él había caído de un árbol y había quedado inconsciente. Sus padres y vecinos habían estado con él todo el tiempo.

Pepito entonces, se dio cuenta que todo había sido un sueño. Era su deseo de que todos fuesen felices el que había hecho que este adolescente de 14 años tuviera un sueño tan maravilloso.

Al despertar, contó su sueño a todos y notó cómo, a pesar de todo, sí existía la bondad y la felicidad dentro de cada persona que lo rodeaba. Notó que si no podía hacer que todos cambiasen, al menos podía ser feliz con su familia y vecinos. Eso era algo que no tenía precio y que trataría de disfrutar siempre.

FIN







 


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